“Siempre hay premio después del abandono.”
El camino de Santiago, Patricia Laurent Kullick.
Soy de una mezcla que resulta inútil mencionar en este país donde todos somos una mezcla. De mi padre sólo obtuve una carta, de mi madre conservo borrosas historias en donde ella aparece como sobreviviente de una antigua aventura, horrible y a la vez excitante.
Hasta hace un tiempo no sabía nada de papá, mamá siempre me dijo que había sido un hombre valiente pero yo sólo recuerdo la historia del último día que estuvieron juntos, ella me la contaba seguido y a veces sus palabras tenían algo de profecía que me asustaba.
De los recuerdos que tengo de ella, además de su andar sereno y su frugalidad, hay uno que es como los sueños: mamá susurrando por teléfono palabras extrañas, y yo tomada de su mano entrando y saliendo de edificios que yo asociaba con un mecano de piezas con el cual creaba objetos inexistentes para los demás.
El jardín de casa se ve como enmarcado por el ventanal, tras del cual mi esposo Johann me hace una seña con la mano sobre su corazón. En la pared al lado del ventanal hay una mujer igual que yo que se mueve igual que yo, aunque el fuego de la chimenea no la caliente como a mí. Me encojo de hombros pero él tiene algo en la mirada que se ríe de mi ingenuidad para empezar esto.
Sé, que un día sonó el teléfono muy temprano. Un hombre de acento extranjero pero fluido se presentó a tropezones, sonaba agitado, me preguntó por Florence, le dije que era yo, me dijo que buscaba a una mujer mayor, me rogó que no le colgara, le aclaré:
-Hace tiempo murió mamá, yo me llamo Florence Reveau, como ella.
Calló unos segundos, luego habló con una voz parecida al cansancio.
-¿Cómo se llamaba su padre?
-Romain, Romain Alberti.
Entonces el hombre volvió a callar, por alguna razón no me asusté pero caí en la cuenta de que no había preguntado por mi padre en tiempo presente y ante mi desconcierto dijo, otra vez con voz cansada pero resuelta: “Tengo algo que le interesa, es una carta… no podría explicarle por teléfono, iré a Buenos Aires”, le dije que ignoraba de lo que hablaba y sugerí que llamaría a la policía, el hombre me dejó sin aliento:
-Se trata de su padre, es una carta de su padre.
A continuación creo más prudente transcribir con exactitud –hasta donde me es posible- la carta objeto de mi historia. La carta son las primeras hojas de una pequeña Biblia que mi madre regaló y dedicó a mi padre, en donde los espacios entre líneas borrosas y maltratadas fueron usados para escribir. Las frases de la Biblia las omito para no turbar la lectura. Aunque había espacio para más, termina de pronto.
La última noche que pasé contigo me había quedado un rato inmóvil frente a tu balcón, antes de entrar, cuando vi tu silueta tras la cortina. Esa tarde había dado un rodeo inusual por Saint Denis, en el barrio árabe, ahí por donde te gustaba ir a tomar té de menta, y me dejé leer el destino por una mujer que se acercó a mí y que me recordó a mi madre.
Al otro día caminamos muchas horas por el Sena bebiendo vino, y creo que nunca había caminado tanto por París. Al caer la tarde discutimos porque creías que lo primero era el grupo y yo quería largarme a casa contigo, aunque al final fuimos a la reunión en St.Germain y yo acabé animándome cuando escuché el bandoneón cantando “que vos eras mi alegría y mi sueño abrasador”, con tu pierna en mi mano y la sensación embarazosa de inventar los pasos.
Luego fueron los candelabros lloviéndonos de pronto, y el aliento que manaba en mi desesperación por llevarte a la salida oculta tras del almacén.
Cuando desperté estaba en este jardín, en este retiro, algo así como un refugio. Imagino que estamos lejos de todo y que el lugar se protege con el secreto. Creo que aquí no hay cadenas de mando militar y que las enfermeras son religiosas, pues cuando pregunto algo ellas sólo me miran y sonríen, y ya es mucho con estar vivo.
Los otros no hablan, y yo respeto su silencio para que ellos respeten el mío. Como he dicho no creo que esto pertenezca a ningún bando pues sospecho que uno de los veteranos es un alemán, que siempre anda con las manos en la espalda, envuelto en una bata, sin apenas hacerse notar, como pensando. Al principio me asusté pero luego supuse que si estábamos aquí era porque ya no estábamos en guerra, y yo sólo quiero volver contigo.
Mis primeros recuerdos de aquí se confunden entre mis esfuerzos por andar y las siestas sobre el césped fresco, donde diariamente me acuesto y tengo sueños por el día, que serían pesadillas si no fuera porque cuando mis párpados se oscurecen siento una extraña necesidad de volver a ellos.
La primera vez abrí los ojos apenas después de haberlos cerrado, y ya estaba atado a una silla de metal en un cuarto rojo, grande y liso. Un rostro apareció delante de mí diciendo algo en alemán, tenía tatuado algo en la cara, me miró sin emoción y me enseñó unos cables y un aparato redondo con orificios, yo no entendía lo que quería decirme hasta que apuntó su dedo hacia el techo del que pendían varios garfios, le dije que era yo a quién buscaban pero sólo movía la cabeza negando. Ahora sólo me basta con pensar que estás viva, por eso no me importa estar aquí, por eso no me importan las pesadillas, al contrario, las espero ansioso por llenar el vacío de este silencio y de esta paz.
La segunda vez que tuve el sueño mi compañero alemán en el refugio se había tirado al sol cerca de donde yo solía dormir, vi que leía algo y por primera vez sentí que había volteado a verme, pero yo ya estaba recostado y como dije, el respeto por el derecho ajeno es paz. Entonces aparecí otra vez en el cuarto rojo, como si despertase, y traía en las manos esta Biblia que me habías regalado, aunque nunca creí en esas cosas, o creí tanto que luego me fui de bruces pero aún la traigo conmigo como si viera tus manos rozando su cubierta de seda, como si mis manos no fueran a tocarla habitadas por esos pececillos que aparecieron bajo mi piel cuando el hombre del tatuaje entró de nuevo y se sentó frente a mí dedicándose largo rato a observarme mientras daba sorbos a una botella y yo pellizcaba mi piel aquí, o allá a donde se movían las larvas. Apenas podía ver al alemán detrás del rojo de mis ojos y antes del rojo de las paredes. Al cabo de un rato me ofreció un cigarrillo, recordé entonces que no te gustaba que fumara, -aunque tú fumaras a escondidas- y me prometí que sería el último.
Imagino, que uno vive en relación a los demás como las palabras en un crucigrama. El alemán del refugio estaba fumando cuando desperté pero no puedo pensar que yo soñara eso por su influencia ni que él fumara por mi sueño, tal vez mi mirada en un preciso instante, o la hoja que vi caer desde la copa del árbol hasta mi cara, hayan significado también algo para él.
El refugio estaba siempre baldío de tránsito, las habitaciones eran como hileras infinitas de galones, de hileras, y tal vez las enfermeras contaban con nuestro criterio militar pues no nos decían nada ni nosotros les preguntábamos. Empecé a cuestionarme si el alemán y yo teníamos algo en común, no podía verlo como un amigo pero tampoco como un enemigo. Una tarde lo observé hablando con una de las enfermeras y me acerqué, sentía algo parecido a los celos pero sin la rabia que los empuja, quería participar de eso, integrarme en eso que me rodeaba y que había decidido mantener al margen mientras permaneciera convaleciente, pero cuando caminé a hacia ellos la enfermera dio media vuelta y se marchó, no sin antes verme con el rabillo del ojo y decirle algo al alemán. Me detuve, me sentí ridículo, lo único que quería era estar a tu lado y de pronto recordé la sensación que da la escuela cuando eres niño y uno no encuentra asiento y cada uno lleva el alma en la cara. En la guerra me había acostumbrado tanto a no dormir que creo rápido me acostumbré a caer donde me llamara el sueño, y aunque creo que la clave del crucigrama nos es desconocida, al dudar de la duda uno acierta a ser lo que tiene que ser para darle forma a esa clave, aunque uno sea sólo palabras, aunque las palabras no signifiquen nada fuera de este mundo.
Creo que poco a poco me fui quedando con la cara del alemán, hasta que se metió en el otro crucigrama, el de las tardes de pesadilla.
“¿Por qué se hace esto?” –me preguntó despertándome, con el tatuaje de frente en la cara y el fondo rojo”.
“No se confunda, nunca antes había estado más vivo -le contesté apenas-…, usted es hombre también”.
Oí las sirenas de los buques. Podía reconocer el rostro del alemán en el sueño pero sin recordar de dónde, y seguía sin poder ver claramente el tatuaje. Al cabo de unos minutos de silencio me dijo:
“Por usted sólo puedo hacer una cosa -echó una bocanada de humo antes de apagar su cigarro contra la mesa, añadió:- “Usted también entenderá que…”
Asentí, se levantó y dejó la botella, empuñando la cerradura su voz rebotó en la pared y me llegó a mí. De pronto el dolor se transformó en esperanza, y en su horizonte vi de nuevo el dolor, pero sin miedo.
-…Tiene sólo unos momentos.
Luego volví a despertar. Como otras veces me habré dormido pues estoy en mi habitación, donde ahora aprecio el horizonte marino, aún cubierto de niebla.
Por primera vez escucho el sonido de unos buques acercándose en la distancia. La luz del faro llena la habitación, aunque el horizonte siga gris.
Sin saber porque, espero algo que sé importante, tratando de ver tu rostro en mi mente para decirte las únicas palabras que justificaron mi vida.
Oigo unos pasos, tal vez esta vez vengan por mí, tal vez haga un amigo. Mi vida es como el agua de un vaso, que siente nostalgia por el mar.
A veces ninguna razón es suficiente. Lo fantástico sucede a menudo pero de ello no queda constancia o nadie se da cuenta. Mamá enfermó poco a poco pero nunca la vi triste, muy al contrario me miraba con un poco de lástima y me hablaba de las cosas más duras con relajada naturalidad. Recuerdo sus palabras, simples pero elásticas: “cuidáte hija, cuando vos seas grande entenderás algunas cosas”.
Es extraño todo, extraño que haya sucedido, extraño, que me haya pasado. A veces palpo la carta, la huelo, la veo largo rato como buscando alguna evidencia de que no estoy loca, o al menos de que sí lo estoy. El hombre que me habló por teléfono era el hijo de un oficial alemán y acabada la guerra creció en un orfanato holandés de donde emigró luego a los Estados Unidos, habían puesto la Biblia en su equipaje, y hasta que creció la había considerado una rareza. Era lo único que había heredado.
Alguien dijo, que un apretado tejido de infortunios labra la historia de los hombres. Además de la existencia de la carta de las cosas que pudieron pasar pasaron las que menos ocasión tenían de ser. Creo que a eso los poetas le llaman fatalidad. En mi caso la fatalidad sirvió además de para conocer de una manera insólita a mi padre para que yo conociera al que ahora es mi esposo. Johann se dedicó desde muy joven a estudiar, aprendió idiomas, y la fatalidad se volvió una forma de vida: se hizo historiador.
La carta se había ido con él y le creó una fascinación primero por su origen y después por su contenido, su simple cuestionamiento carecía de objeto siendo una carta no enviada, al aire. Por motivos que sólo mamá pudo saber, papá había firmado sin su nombre de pila y más aún, con el apellido de mamá: Reveau y no Alberti, y al comienzo, antes de empezar las frases, mamá no había firmado su dedicatoria con su apellido, sólo con su nombre de pila: Florence.
Por años, Johann sospechó que mi padre podía ser un importante líder de la resistencia que desapareció en una redada en la Place de Odeón y que ni siquiera terminada la guerra, como otros, había regresado a Francia. Sólo tenía un informe de los servicios secretos alemanes en el que figuraba el apellido Reveau, quien se presumía, había huido a la Argentina.
Un par de días después de que regresé de Boston donde acababa de presentar una exposición, Johann leía el diario tomando su desayuno cuando abrió los ojos sobre una pequeña reseña cultural donde no aparecían más datos que el nombre de una escultora argentina cuya exposición acababa de cerrarse. Una vez más buscó la vieja carta, una vez más formuló otra hipótesis. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que Reveau también podía ser una mujer, hasta los hombres más listos piensan así. Sin nada qué perder consiguió el número de casa y me llamó a Buenos Aires.
Después de oír su historia le dije que lo recibiría, no sabía bien si tendría algún sentido pero no perdía nada viendo la carta. Me hizo preguntas sobre mamá y papá, contesté la verdad, y lo que creí más conveniente. Leímos la carta una y otra vez, yo contenía el aliento, y Johann aseguraba que nuestro encuentro debía ser la necesidad del mundo por corregise a sí mismo, aunque seguía sin saber cuál podría haber sido el refugio del que se hablaba en la carta. De su padre no sabía nada. Entonces, recordé que mamá solía cantar un tango, cuando estaba sola y creía que nadie la oía: “…y el espejo está empañado, y parece que ha llorado, por la ausencia de tu amor…”
Hace un año que Johann y yo estamos casados. Nos hemos acostumbrado a la idea de aceptar lo que pasó, sin saber por qué. Sin embargo hoy se me sale una pequeña lágrima. Me viene otra vez la imagen de mi madre contándome de cómo fue aquel último día, de cómo bailaron juntos, de cómo llegaron los soldados alemanes y de cómo, después de conducirla hasta una salida oculta, salió apenas adelante empujada por papá, que no logró eludir la ráfaga de una metralla.
A veces, como con el arte, la gente dice cosas que uno como artista ve con otros ojos. Johann ve nuestra obra de una manera y no hay necesidad de mortificarlo a él, que a pesar de todo vive por encima de esta realidad.
La mujer en el espejo me mira sonriendo, pero es falsa, por detrás sólo hay silencio, por detrás me dice que sólo quiere ver al mundo en llamas.
Por eso cuando acabe este escrito lo echaré al fuego y romperé el espejo, luego llamaré a Johann que está todavía en el jardín cuidando sus rosas, y le daré un abrazo, y le diré que me quiero largar a París con él, que juntos también podemos florecer.
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