Siempre me gustó el número tres, desde que soy niño apostaba siempre con él cuando jugaba a las canicas y ahora sé que de alguna manera lo relacionaba con los grandes comienzos, con las salidas a toda velocidad; los demás preferían el diez, creo, intuyendo extrañas alianzas imposibles, pero ahora que soy grande sé que eso no es posible y que además, el tres está higiénicamente lejos del uno y del dos, tan propensos a unir y desunir caprichosamente.
-Central de emergencias dígame.
-Voy al sur por la autopista nacional a doscientos kilómetros por hora, y lamentando no poder ser mi propio espectador chocaré de frente contra el tercer vehículo que se me aparezca… Mi sufrimiento y el de los demás se volverá algo tangible.
A Maribel le dieron un entierro salpicado de indignación e incredulidad mientras su amiga y compañera de la Central de Emergencias estuvo ahí parada frente a un ataúd sin entender por qué no hizo algo, por qué no pudo hacer algo cuando recibió la llamada y le escuchó repetir fríamente a su amiga las mismas palabras de aquel hombre hacía unos días: Maribel ya no era la misma cuando el hombre colgó, la imagen de la carretera se le apareció de pronto y en la última fracción de segundo al teléfono el hombre giró el volante; desde algún lugar en su interior le llegó una certeza en forma de cosquilla, un animal trepando por su pecho, ni siquiera siguió con el protocolo, sintió la parálisis y llamó a su esposo, debía ir por la carretera, debía contestarle que pararían en un restaurante a comer y que la abuela los regañaría por no esperarse, que los niños le mandaban besos.