Salte la navegación

Amo la literatura porque leyendo o escribiendo puedo crear un universo sin límites para mis sentidos, pero amo más la realidad porque de vez en cuando este universo en que habitan mis sentidos expande aquellos límites, y por el breve instante en que dura el asombro del parto, puedo leer unas cuantas líneas del guión secreto de Dios.

La última vez que viví ese asombro, fue cuando de camino a la manifestación de los “Indignados” de la Plaza del Sol en Madrid, intuí primero a otros en el mismo camino, vi después el revuelo latente en los pasillos de la estación Sol de metro, y salí por fin a la calle donde miles de personas se apretaban en una masa casi homogénea: la mayoría menores de treinta, de apariencia informal (según criterios conservadores) y una actitud convencida de que en ese momento, empezaba a fracturarse la realidad de consenso y conveniencia impuesta por siglos.

Con súbita esperanza y deambulando sin parar, hice rabdomancia a cada paso, escuché con placer el barullo colectivo, hice mías las consignas revolucionarias que jóvenes imberbes daban por micrófono, leí las ingeniosas pancartas denunciando al sistema financiero, a la democracia instrumentalizada, a la corrupción, a los grandes partidos políticos, al consumo de carne animal, a la deforestación, y a la pasividad general…

Y entonces recordé “Paradiso”, de José Lezama Lima, una de esas obras maestras que nadie quiere leer porque aunque su ambicioso uso del lenguaje barroco supuso una revolución de la forma, como todo lo excepcional necesitaba del concurso de la mayoría para hacerlo imperecedero, y sólo la mayoría, o sea sólo la fusión de actores y espectadores, puede construir y destruir la realidad, aunque tal trasformación se origine en un pequeño punto en el espacio.

Con el tiempo he llegado a aceptar que las mejores personas, las mejores ideas, y las mejores decisiones colectivas son suceptibles de ser ignoradas, sobre valoradas, o auto-extinguidas por carecer de la única solvencia moral que, paradójicamente, instrumentalizan perversamente aquellos que detentan los códigos del sistema financiero, político o educativo que justamente se pretende mejorar.

Esa solvencia sólo habita en los fundamentos de la filosofía, del arte, de las formas de vida de los pueblos ancestrales y de la naturaleza misma. No podemos cambiar la piedra por el diamante al dueño de la joyería, ni tallar la piedra para sacar el diamante sin saber siquiera el oficio que le es propio. Esos códigos perversos que nos oprimen se han impuesto a fuerza de tiempo y arraigo por los poderes fácticos, y sus interconexiones con nosotros ponen en peligro nuestras vidas, como una válvula en el corazón que debemos pagar a crédito vitalicio, y que no necesitábamos.

El movimiento y sus reivindicaciones son legítimas, pero ese microcosmos social ha de ser necesariamente estricto con aquello que es común a la solvencia de la que hablo: la armonía y la impecabilidad. Esa tarde, las cervezas y los cigarrillos “de liar” se veían por doquier, y el hecho de que estuviéramos en un lugar tan vigilado me sugirió que esa tolerancia sería aplaudida primero, pero descalificada después si el movimiento traicionaba los principios fundantes de cualquier iniciativa social: el equilibrio entre lo justo, y lo necesario.

La “democracia real” es un concepto sugerente, pero los términos que lo pueden definir han de ser re-elaborados hasta entender que ni uno ni el otro pueden conservar su significado histórico, so pena de ser absorbidos por el sistema que los acuñó y que los detenta, como de hecho ya está sucediendo. En la prensa y en la calle el movimiento pierde fuerza como el sediento pierde agua tratando de tragar un chorro violento, y el hecho de que estén organizados en asambleas (donde cualquier voz crítica es ignorada amablemente con la misma condescendencia que lo hace el sistema que combaten) o de que entre todos limpien los pasillos y las aceras de los molestos comerciantes, no reivindica per se aquellos fundamentos, aquella solvencia que, decía, sólo puede darse desde un re-aprendizaje y re-elaboración de códigos a partir de los cuales se genere un nuevo sistema, y para eso se necesita un tipo de poder más penetrante que el de la mera convocatoria, se necesita ese poder de algunos sabios en la historia que, con democracia o sin ella, han aplicado cambios valientes a sabiendas de que primero lo perderían todo.

Recuerdo la inspiradora expresión vital de muchos, las frases entusiastas e inocentes de otros, las repeticiones huecas de algunos. Pensaba, como todos ¿hacia dónde irá esto? Movido por la imposibilidad de moverme, empecé a conversar, y entre exhalaciones de cambio, y de humos graciosos, recordé un episodio de Ghandi, en el que él recibe a un comerciante que le pide consejo para ayudar a su hijo obeso, que no puede parar de comer dulces; el maestro responde: “Vuelve en unos días, ahora no puedo ayudarte. Estoy comiendo muchos dulces”.

Empecé a caminar rumbo a la Gran Vía, oyendo en mi cabeza algunas partes de este escrito, cuando me di cuenta que yo había ido ahí sólo para buscar a alguien que había visto en mis sueños, o en una casa ocupa, o en una noche de lluvia. Me dije, está bien, esa es mi más grande ilusión, y estas palabras mi más grande poder.

                                                                                                                                                                                                                 Carlos Torres

Advertisement

Un Comentario

  1. Gracias


Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.